Ayer volví a ver esta divertida peli de la que guardaba un gran recuerdo desde mi más tierna adolescencia y que, curiosamente, muy poca gente conoce. Se trata de una extraña comedia del año 90 dirigida por un tal John Patrick Shanley, que no volvió a dirigir nada más en su vida, y protagonizada por Tom Hanks y Meg Ryan, que interpreta a tres personajes distintos (!!!). Sí, lo sé, hasta aquí la cosa suena bastante desalentadora, pero a pesar de todo os puedo asegurar que no es una comedia romántica al uso como lo pueden ser otras ”joyas” que años más tarde protagonizaría esta temeraria pareja (Algo para recordar y Tienes un e-mail).

La peli empieza con Tom Hanks, aquí llamado Joe (como seguro habéis intuido por el título), de camino a su trabajo en una secuencia de créditos memorable en la que, entre otras muchas cosas, llama la atención el decadente aspecto del protagonista, con unos pelos dignos de entrar en el ranking de los peores peinados masculinos de la historia del cine (tranquilo Sr. Bardem, el nº 1 será tuyo por mucho tiempo).

A partir de aquí, y en apenas diez o quince minutos, conocemos el lugar de trabajo de Joe, la más horrible, gris y desalentadora de las oficinas, vemos como le diagnostican una extraña enfermedad, denominada “nube cerebral”, que acabará con su vida en seis meses, y como deja su trabajo mandando al garete a su jefe, un antológico Dan Hedaya (al que vimos por ejemplo en Sangre fácil de los Coen o en Mulholland Drive de Lynch), y le pide salir a su compañera, el primero de los papeles de la Ryan, con la que hasta ahora no había intimado lo más mínimo pero que acepta encantada la invitación. Joe empieza a sentirse liberado y feliz, hasta que en un alarde de sinceridad le cuenta a su compañera su enfermedad y ésta sale espantada.

Todo esto sucede a un ritmo trepidante, acompañado por una puesta en escena sobresaliente en lo que a dirección artística se refiere (mucho más surrealista de lo que suele ser normal en una peli de estas características) y una banda sonora más que notable.

Al día siguiente recibe la visita de Lloyd Bridges (otro gran actor al que hemos visto en clásicos como Aterriza como puedas y Hot Shots), un excéntrico millonario que le propone un extraño plan: correrá con todos sus gastos para que pueda vivir lo más feliz e intensamente posible hasta el fin de sus días si se presta a ser ofrecido como sacrificio al dios de un volcán.

El argumento, como veis, es de lo más delirante e inverosímil, pero aquí radica parte de su gracia. De hecho luego la cosa se vuelve un poco más tradicional y pierde interés, pero, aunque solo sea por este espectacular comienzo, os recomiendo encarecidamente que la veáis.


Por cierto, para los que os preguntéis de que va el largo que Quentin y yo estamos guionizando aquí tenéis una de nuestras referencias.
DM